¿Tienes alguna anécdota graciosa e inédita para compartir?
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¡Menudo ramo! Para la boda de mi hermana se alquiló un Mercedes y, para adornarlo, encargamos un adorno floral que cubría toda la bandeja trasera del automóvil. La mañana de la boda, la tienda nos trajo el adorno a casa y la tía de mi madre que se hospedaba en mi casa y yo, acudimos a abrir la puerta. Mi tía se quedó pasmada ante el enorme adorno que la floristería había colocado en una tabla cuyas medidas eran las de la bandeja trasera del automóvil. Mitad sorprendida, mitad extasiada, exclamó: - ¡Qué enorme ramo! Tendrán que ayudarla a llevarlo ¿no?
Por cotilla.- Mi madre era cinco años menor que su tía carnal y, por ese motivo, eran como hermanas y se profesaban un gran cariño. Ya adultas y casadas, ambas compraron una vivienda en la misma calle; su tía en el número 4 y mi madre en el 14 y, lógicamente, pasaban gran parte del día juntas e iban a todos lados cogiditas del brazo. Un día, la más cotilla del barrio, le dijo con ironía a la tía de mi madre: - Hay qué ver... ¡qué bien te llevas con Fulanita, la del 14! A lo que mi tía contestó: - ¡Pues si! No sólo me llevo bien. Es que ésa Fulanita me duele a mí en la sangre, porque es mi sobrina. La cotilla se quedó muda y nunca más se atrevió a mirar a mi madre de frente.
¿Cómo dice? Mi madre, a pesar de vivir trece años en Francia, nunca aprendió francés. Trabajó pocos años y la mayoría con una señora que era española. Como muchos emigrantes españoles, cuando no comprendía lo que le decían y, para salir del paso, contestaba: - Oui, oui! Cierto día, estaba fregando el rellano de nuestra puerta cuando una vecina que subía, le preguntó: - Je dérange? Y mi madre, le contestó: - Oui, oui! Casi simultáneamente yo le grité: - ¡Mamá!, te está preguntando que si molesta. Y mi madre, rápidamente rectificó: - Ah, no, no! Le expliqué a la vecina que mi madre no la había entendido. Y la vecina esbozó su mejor sonrisa mientras le daba respetuosamente las gracias a mi madre.
Quien avisa no es traidor En Francia, mi padre trabajó de albañil. Llevaba poco tiempo allí y no hablaba nada o casi nada de francés. Cierto día, iba cargado con dos cubos de agua, cuando resbaló. Para no caer, hubo de soltar los cubos y gritó: ¡Agua va! Nunca mejor dicho.
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Contraseña interminable. Durante un tiempo trabajé como televendedora de adsl. Se trataba de trasladar clientes de tarifa plana a adsl y, para ello, debían facilitarnos su contraseña. El cliente solía deletrearla haciendo uso de los nombres de las ciudades. Uno de mis compañeros que se estrenaba en la vida laboral, captó un cliente y el coordinador le recordó que debía pedir la contraseña. Mi compañero empezó a tomar nota de la misma pero, de pronto, gritó asustado: - ¡Esta contraseña es enorme, no me cabe en el formulario! El coordinador se acercó para ayudar y miró que en el formulario, el novato había puesto: BARCELONA, MADRID, TOLEDO, ARANJUEZ, CADIZ..., etc., etc.
El dinero sólo sirve una vez.- Tenía mi sobrino pocos años cuando llegó del colegio con el recado de su maestra de que debía llevar cien pesetas para pagar no sé qué material del colegio. Mi hermana miró en su monedero pero le faltaban unas pesetas para las cien. Así que se las dio a mi sobrino y le encomendó que le dijera a la maestra que ella misma le llevaría lo que faltaba. Cuando mi hermana fue al colegio a recoger a mi sobrino, una vez finalizada la clase, varias mamás le entregaron a mi hermana monedas sueltas hasta formar el importe que le había dado a mi sobrino. La maestra le había devuelto el dinero diciéndole que se lo diera cuando tuviera el importe exacto. Así que mi sobrino, lo repartió entre sus condiscípulos mientras decía: - ¡Toma! que ya no sirve.
Un fantasma familiar.- Durante un año trabajé con alguien que presumía de ser médium. Todas las maña-nas, en el desayuno, nos hablaba de aparecidos, de guías espirituales, de Santos asesores y otras lides. Yo nunca he creído en fantasmas. Crecí en Francia leyendo a Frédéric Mistral: (Une histoire de revenants -*Una historia de apare-cidos*) y esas creencias me parecían ridículas. A pesar de eso, tanto va el cántaro a la fuente... Al llegar a Madrid estuve viviendo, junto con mi hermana, en una residencia para muchachas. Compar- tíamos habitación con otra persona pero, la primera en levantarse por las mañanas, era yo. Cierto día, después de levantarme y de estar en el baño, comprobé que me había olvidado algo en la habitación. En aquella época yo usaba lentes de contacto y aún no me las había puesto. Entré pues en el dormitorio que estaba en penumbra y abrí mi armario. De repente escuché un ruido a mi lado, como un ras, ras, ras. Miré a mi lado y se me apareció una enorme forma blanca. Tremendamente asustada, me tiré sobre la cama de mi hermana para despertarla y, entonces, comprobé que mi hermana no estaba en la cama y que era ella la que estaba a mi lado, rascándose la barriga. - ¡Qué susto me has dado! grité. De la risa, despertamos a nuestra compañera y aún hoy nos reímos de aquello. Como Frédéric Mistral en su relato: "Ya nunca más volví a creer en fantasmas". |
Autopista para aviones.- En el año 1982, junto con cuatro amigas, fui de vacaciones a Egipto. Contratamos un tour que incluía las pirámides de Gizeh, la necrópolis de Memphis, la pirámide escalonada de Saqqara y, como no, el Templo de Abu Simbel.
Desde El Cairo tomamos un avión que nos llevaría a Aswan y de allí al templo de Abu Simbel. La guía nos informó que era el único medio para ir ya que no había carreteras a través del desierto. Una vez instaladas en el avión, éste se puso en movimiento y empezó a moverse por la pista del aeropuerto. Y el avión rodó, rodó y rodó sin parar. Perdida de vista la terminal, exclamé: - Y decía la guía que no había carreteras de acceso y vamos a llegar con el avión.
¿Cómo dijo?.- Mi padre llegó a Francia en el 1962 cuando aún no había supermercados y había que comprar los alimentos en tiendas de ultramarinos. El francés de mi padre era básico e ignoraba el nombre de muchos alimentos. Había tomado la costumbre de llevar en el bolsillo una judía, un garbanzo, un grano de arroz, etc. Pero, cuando se trataba de alimentos de mayor tamaño, no podía cargar con ellos. Un día necesitó comprar cebollas y bajó a la tienda donde siempre compraba y por señas, intentó explicarle a la tendera lo que quería. Aquella le empezó a mos- trar naranjas, manzanas, melocotones y hasta patatas pero de la cebolla nada. Ya desesperado mi padre exclamó: - ¡Qué coño! A lo que la tenderá replicó: ¡Oignon! que en francés suena óñon. Y le sacó las cebollas.
Noche toledana.- El marido de mi amiga Cristina es un hombre tranquilo, condescendien- te, conciliador y respetuoso de las normas y de las personas. Raramente se en-fada y siempre trata de mediar en las disputas. Hace unos años, mi amiga y él se encontraban en la frontera con Francia y decidieron hacer a pie el Camino de Santiago. Como cualquier peregrino, se hospedaron en un hostal y se alegraron de ver que la habitación asignada estaba ocupada únicamente por una señora argentina. Más tarde comprendieron porqué. No se habían dormido aún, cuando la señora empezó a roncar como Winston Churghil, del cual se solían quejar los oficiales de marina que viajaban con él. Ante la imposibilidad de pegar ojo, el marido de mi amiga despertó a la argen- tina y le informó que roncaba. Al rato la mujer volvió a dormirse y a roncar. Y el marido de mi amiga volvió a despertarla. Así hasta cinco veces. De repente, se incorpora de la cama y le dice a mi ami- ga: - Cristina, yo la ahogo con la almohada y nos vamos corriendo. Mi amiga soltó una tremenda carcajada y acabaron la noche despiertos pero sin para de reír. |
No me esperes que voy de bautizo.- Mi padre era el rey de los despistes. Siempre que íbamos de visita a algún sitio él venía sin saber dónde le llevábamos. Teníamos unos amigos con los que pasábamos todos los fines de semana y con motivo del bautizo del nieto del patriarca de la familia, nos despedimos el sábado hasta el día siguiente. El abuelo del neófito, agarró la mano de mi padre al despedirse y le dijo: - ¡Hasta mañana amigo mío! Y mi padre le contestó: - No, mañana no me esperes; vamos a un bautizo. Y, mientras sonreía, nuestro amigo le contestó: - Si, ya lo sé. Yo también voy a ese bautizo; es el de mi nieto.
Isla sin fin.- La primera vez que fui a Ibiza con mis compañeros de trabajo, me acompañaba mi hermana. Un autobús nos recogió a todos en el aeropuerto para llevarnos a San Antonio donde nos íbamos a hospedar.
El autobús tomó rumbo al hotel y empezamos a ver desfilar carreteras y más carreteras, cruces y más cruces, semáforos y más semáforos. Cayó la noche y el camino no tenía fin. Así que mi hermana no pudo más y exclamó: - ¡Jefe! que se nos va a acabar la isla.
Cita con ciega.-También durante su estancia en EEUU, mi amiga María conoció a Sally una muchacha que hablaba español y con la que trabó amistad. Un día Sally que era casi ciega, le dijo a María que le iba a presentar a un amigo suyo para que salieran juntos. Quedó en que éste pasaría a recogerlas con su coche. A la hora señalada, las dos esperaban en la acera la llegada del amigo. De pronto, llega un coche, se para delante de ellas y Sally le dice a María: - Ve tú delante que yo iré detrás. María abre la portezuela, saluda y se instala en el asiento delantero. El conductor le dice: - Who are you? (¿quién eres?) Y María -sonriente y coqueta- le dice: - ¡María! Y el otro sorprendido: - ¿María??? Qué María; - María, la española. El otro en inglés, le dice que no sabe quien es. Y María algo preocupada, se gira y le dice a Sally: - Oye, que éste no sabe quien soy y, además, no lo entiendo. Entonces Sally se inclina hasta rozar al conductor y exclama: - ¡Éste no es mi amigo! En dos segundos, ambas se bajaron del coche mientras el desconocido se partía de la risa. |
¡Toma manga! Nos habían invitado a una boda y, para la ocasión, mi madre le había comprado a mi padre una camisa nueva pero, cuando se la puso, nos dimos cuenta que las mangas le quedaban largas. Ya no había tiempo de arreglarlas y tampoco podía ponerse otra pues ninguna le iba bien con el traje. Así que no tuvo más remedio que ponerse la camisa de estreno. Una vez pasada la ceremonia, toda la familia nos fuimos al salón donde tendría lugar el banquete. Todos los presentes eran conocidos nuestros y mi padre que siempre fue muy popular por su buen humor, estuvo dando la mano aquí y allá. Y cada vez que lo hacía, la manga de la camisa salía disparada y le llegaba hasta la punta de los dedos. Mi madre, mi hermana y yo, ya estábamos instaladas en nuestra mesa cuando él vino, se colocó en su asiento y muy serio, exclamó: - Ya le he dado la manga a todo el mundo. Durante todo el banquete, cada vez que miraba a mi padre, no podía contener la risa.
Dos horchatas por favor.- Los que viven en Madrid como yo saben que los veranos de la Villa son tremendamente calurosos y todo el mundo sale a la calle a refrescarse. Una tarde yo había quedado con ocho amigas por la zona de Goya y, por más que buscábamos un sitio donde tomar algún refresco todo estaba abarrotado. Finalmente, tras mucho deambular, el camarero de un restaurante nos invitó a pasar porque iban a servir bebidas debido a la avalancha de gente. Nada más sentarnos y como el restaurante estaba aún vacío, el mismo camarero vino a tomar nota de lo que queríamos tomar. Yo estaba en una esquina de la mesa así que fui la primera en pedir y le dije: - Tráigame dos horchatas. El camarero sorprendido repitió: ¿Dos horchatas? - Si dos. - Las dos para Ud. - Si. Y le explico: - Es que tengo tanta calor que una me la voy a tomar sin respirar y la otra la voy a saborear.Entonces el camarero me dice: - Bueno le traigo una primero y luego la otra. Y yo le digo que no, porque la primera me la voy a beber de un trago. Y él insiste: - Pero yo soy muy rápido. Y yo: - Si, pero yo soy más rápida aún. Después de un tira y afloja para saber quien era más rápido de los dos, si él sirviendo o yo bebiendo, se da por vencido y le pregunta a la siguiente: - ¿Y Ud. señorita, qué va a tomar? - Un cointreau (que en castellano suena cuantró) Y el camarero, ya paranoico, exclama: - ¿¿¿Cuatro qué???
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¿Inglés o francés? Cuando era jovencita mi amiga María se fue a Estados Unidos de niñera y después de aguantar a un niño malo, malísimo, como el de la película, Este niño es un diablo, encontró trabajo en una guardería en la que había niños impedidos a los que tenía que entretener y ayudar. Mi amiga es bilingüe en francés pero, no domina el inglés. Un día, una de las niñas a su cargo, le dijo algo parecido a esto: - María, ¡ui-ui! Mi amiga sonriendo le contestó: - Oui, oui, non, non; moi aussi je parle français. Que traducido al castellano significa: - Si, si, no, no; yo también hablo francés. La niña volvió a insistir: - María, ¡ui-ui! Y María repetió: - Oui, oui, non, non, moi aussi je parle français. Así, hasta que la niña no pudo más y se hizo pis encima. Mi amiga comprendió demasiado tarde lo que ui-ui significaba.
La época de los fantasmas.- Cuando yo era niña existía toda una cultura de fantasmas. Las creyentes decían que si se veía a un fantasma, había que decirle: - Si eres alma del otro mundo y estás penando, dime a lo que vienes. Mucha gente, al igual que pasa hoy pero a menor escala, creía en los aparecidos. Cuando mi padre era un niño, la gente creía aún más en ellos. Esta anécdota me fue contada por mi padre. Resultó que en su casa, que era una casa de vecinos de las de antaño; es decir que se compartía cocina y retrete (que aún no se le llamaba váter, ni baño), había una mujer a la que hacía poco se le había muerto el marido. La mujer, toda de luto vestida, solía ir todos los días al cementerio a visitar a su marido y se ve que estaba inmersa en un mundo de muertos más que de vivos. En esa casa de vecinos, como en la mayoría de las casas de entonces, el retrete se encontraba en el fondo del corral. Cierta noche, la viuda se levantó para ir al retrete y cruzó el corral. Según se aproximaba al retrete comprobó que la puerta estaba abierta. La luna estaba llena pero medio tapada por una nube y le pareció ver, dentro del retrete, una forma blanca. Como siempre había oído que había que hacer, la viuda exclamó: - Si eres alma del otro mundo y estás penando, dime a lo que vienes. Y la forma fantasmagórica le contestó: - Ni soy alma del otro mundo, ni estoy penando; soy Juan Manuel Aguador que estoy cagando. Desde aquel día aquella mujer no volvió a creer en aparecidos y dejó de ir tan a menudo al cementerio.
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