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Había una vez un anciano que pasaba los días sentado junto a un pozo a la entrada del pueblo. Un día, un joven se le acercó y le preguntó: - Yo nunca he venido por estos lugares... ¿Cómo son los habitantes de esta ciudad? El anciano le respondió con otra pregunta: - ¿Cómo eran los habitantes de la ciudad de la que vienes? - Egoístas y malvados, por eso me he sentido contento de haber salido de allá. - Así son los habitantes de esta ciudad, le respondió el anciano. Un poco después, otro joven se acercó al anciano y le hizo la misma pregunta: - Voy llegando a este lugar. ¿Cómo son los habitantes de esta ciudad? El anciano, de nuevo, le contestó con la misma pregunta: - ¿Cómo eran los habitantes de la ciudad de donde vienes? - Eran buenos, generosos, hospitalarios, honestos, trabajadores. Tenía tantos amigos que me ha costado mucho separarme de ellos. - También los habitantes de esta ciudad son así, respondió el anciano. Un hombre que había llevado a sus animales a tomar agua del pozo y que había escuchado la conversación, en cuanto el joven se alejó le dijo al anciano: - ¿Cómo puedes dar dos respuestas completamente diferentes a la misma pregunta hecha por dos personas? - Mira, le respondió, cada uno lleva el universo en su corazón. Quién no ha encontrado nada bueno en su pasado, tampoco lo encontrará aquí. En cambio, aquel que tenía amigos en su ciudad, encontrará también aquí amigos leales y fieles. Porque las personas son lo que encuentran en sí mismas. Encuentran siempre lo que esperan encontrar. Pintura: Anciano árabe. Autor: Remedios Fortes |
Matheus Quilks (Premio juvenil, modalidad A) XXVI CONCURSO DE CUENTOS "Los cuentos de La Granja" Después de unas largas, pero difíciles, vacaciones de verano tocaba prepararse para el nuevo curso. Mis padres se habían separado y yo, Melanie Rivers, tuve que abandonar a mis amigos y a mi familia para irme con mi padre a Lins, un pueblo de las afueras de Alemania. Aunque tenía poca edad, solo 13 años, controlaba bastante bien el alemán. Después de una ligera cena con mi padre me subí a mi cuarto. Estaba en la parte más alta de la casa. Era una habitación fría y abuhardillada. Tenía una pequeña ventana por la que apenas entraba luz. Preparé las cosas que necesitaba para mi primer día en el nuevo colegio. Aunque lo quería ocultar, una muy fuerte sensación de nerviosismo recorría todo mi cuerpo. Era una nueva sensación para mí. No sabía si me iban a aceptar tal y como era. Tenía un montón de dudas en mi cabeza. El muy alto ruido que salía del despertador me despertó de mi largo sueño. Me dirigí a la cocina a prepararme un gran desayuno que me diera fuerzas para afrontar el nuevo día. Mientras el tazón de leche se calentaba en el viejo microondas, miré por la ventana. Era un día muy nublado. Los coches y los habitantes de Lins se alejaban y se perdían en la niebla. Sonó el microondas, la lecha ya estaba caliente. Vertí mis cereales en el tazón y me tomé el desayuno. Después de vestirme, cogí la mochila y me fui a la parada de autobús. Me monté en él y, pasada media hora ya estaba en la puerta de mi nuevo colegio. Era muy viejo, de tonos muy fríos y apagados. Me dispuse a entrar. Por los pasillos conocí a un chico, bastante majo, llamado Jan. Era un chico muy sencillo, su pelo era oscuro y llevaba chaqueta negra y pantalón vaquero. Me contó que él también era nuevo y, además, iba a mi misma clase. No tardamos mucho en encontrar nuestra aula. |
Entramos y nos sentamos en dos mesas juntas que había a la izquierda del aula. Nos presentaron a los profesores. El que más me sorprendió fue el de matemáticas, pues a pesar de tener sesenta años de edad, ninguna arruga cubría su perfecto rostro. Vestía un elegante traje negro que resaltaba sobre su piel muy blanca. Se llamaba Matheus Quilks. Después de las presentaciones nos fuimos a casa. Me despedí de Jan, el chico que había conocido una hora antes en el pasillo. Llegué a mi casa. Mi padre estaba ya esperándome sentando en el sofá de cuero negro con su famoso interrogatorio preparado. Después de contestar a todas sus preguntas subí a mi cuarto. Me puse mi disco de Mozart, un disco al que le tenia mucho cariño porque me lo había regalado mi abuela antes de morir, y me tumbé en mi cama. Cada nota que sonaba en el reproductor me hacía recordar a mi abuela. Cuando ponía el disco veía a mi abuela sentada en su silla leyendo su revista favorita. Me sentía muy unida a ella, me contaba historias de cuando era joven. La encantaba contarme todas esas historias y a mí me encantaba escucharlas. El día se me había hecho muy corto. Cuando me quise dar cuenta ya era la hora de cenar. Mi padre no estaba, pues hoy le tocaba trabajar de noche. Me preparé la cena y volví a mi cuarto. Me pasaba todo el día en mi cuarto, me encantaba la soledad y no me gustaba exteriorizar mis sentimientos. Saqué mi novela preferida y empecé , por novena vez, a leérmela. No me cansaba, cuanto más la leía más me gustaba. Era la historia de una chica de mi edad y me sentía muy identificada con ella. Cada palabra que decía, cada pensamiento… todo me recordaba a mí.La mañana siguiente teníamos matemáticas. Todos los alumnos ya estábamos en el aula cuando, sin hacer ruido y con suaves movimientos, llegó el profesor. |
Al acabar la clase miré por la ventana y le vi alejándose en dirección al bosque que había enfrente. Era un bosque de muy altos pinos en el que, también reinaban los pequeños helechos. Pregunté a Jan que si quería venir conmigo al bosque. Quería ver lo que había allí pero me daba bastante miedo ir sola. Acabaron las clases y me reuní con Jan en la plaza central. Después de mucho caminar llegamos al bosque. Allí había una pequeña casa de piedra oscura. Intentamos abrir la puerta pero no se podía, estaba atrancada. Al intentar abrir, un grave rugido procedente de la bonita casa consiguió que saliéramos corriendo. Conseguimos escapar aunque, en realidad, nadie nos perseguía. Al día siguiente no había clase. Aproveché para hacer los deberes por la mañana y así poder tener toda la tarde libre y volver al bosque. Jan no podía acompañar- me y, a pesar del miedo, fui sola. Iba caminando a paso muy lento y las piernas me temblaban. Al llegar al bosque me llevé una sorpresa. La casa de piedra no estaba. En su lugar había una zarza de grandes y afiladas espinas. Volvió a repetirse la situación del día anterior, mismo rugido. Giré la cabeza y vi una amplia sonrisa de dientes muy blancos. Esa noche había partido y a mi padre daba igual lo que le dijeras, cuando había partido, no existían más personas que las veintidós que jugaban y el árbitro. Me subí a leer mi famosa novela hasta que me quedé dormida. La nueva situación de mi familia no me gustaba. Mi padre y yo en Alemania y mi madre a cientos de kilómetros de mi nueva residencia. Hablaba con mi madre a menudo, por teléfono y a través de Internet, pero ya no era lo mismo. La mañana siguiente amaneció aburrida, igual que las demás. Mi padre había madrugado bastante y ya tenía mi desayuno listo encima de la mesa de la cocina. A llegar al colegio volví a encontrarme con Jan. Venía con su hermana: |
una niña muy guapa de largas coletas morenas que caían sobre sus hombros y ojos verdosos. Yo siempre quise tener un hermano pequeño. Pero todos mis ruegos no sirvieron. Acompañé a Jan a llevar a su hermana pequeña, Lucía, hasta su clase. Una vez que ya habíamos dejado a la pequeña nos fuimos hasta nuestra clase. Aunque no llevaba mucho tiempo en Lins ya conocía a bastante gente. Nos llevaron a ver una película de los seres vivos que no era muy interesante. Seguidamente tuvimos un examen de lengua bastante fácil. Llegado el recreo deci- dimos irnos a la aparte sombría del patio en la que había dos árboles. El timbre sonó, la gente se iba empujando por los pasillos hasta conseguir llegar a sus clases. Tocaba matemáticas. Matheus Quilks me miraba fijamente con cara de pocos amigos. En ese momento abrió su boca de muy blancos dientes y rugió. Era el mismo rugido que habíamos oído nosotros en el bosque. Jan y yo nos mramos fijamente. No hubo tiempo suficiente para escapar. Matheus se abalanzó sobre mí clavando sus colmillos afilados sobre mi cuello hasta alcanzar mi yugular. En ese momento, desperté. Estaba en mi habitación, en mi cama de sábanas de lunares. Miré por la ventana, hacía un día soleado. Abandoné mi cuarto, bajé las escaleras y en el salón estaban mis padres viendo una película tranquilamente. Todo había sido un sueño, bueno más que un sueño una pesadilla. Pero al mirar mi cuello tenía dos pequeñas cicatrices.
Marta Tapia García Colegio San Rafael
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