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Versión libre de mi padre
San Isidro labrador,
pájaro que nunca nía(*)
No le pegues más al chiquillo
que ya apareció la petaca.
Y échale la púa al trompo.
(*)anida
LAS APUESTAS
Un hombre estaba sentado tranquilo, leyendo el
periódico, cuando su mujer, furiosa, llega de la cocina y le atiza
un golpe con una sartén que casi le
revienta la cabeza.
- ¡Por Dios! ¿Pero, qué coño te pasa?
- ¡¡¡Es por el papelito que encontré en el bolsillo de tu pantalón con el nombre de "Marylou" y un número!!!
- Pero bueno, cariño... ¿te acuerdas del día que fuí
a los caballos? Pues Marylou era el caballo al que aposté, y el número es a cuánto
estaban pagando por la apuesta.
Satisfecha, la mujer se retiró pidiéndole disculpas.
Días después, estaba él nuevamente sentado tranquilo, cuando recibe
otro soberano
mamporro pero, esta vez, con la olla a presión.
Aturdido y cabreado le dice:
- Pero se puede saber ¿qué
leñe te pasa?
- Nada, cariño. Tu caballo que está al teléfono........
Cancionero canario
JOTA
Una pulga saltando
Rompió un lebrillo
El botijo del agua
Y un cantarillo
Y si no la sujetan
Mata a un chiquillo. |
El conde Sisebuto
Joaquín Abatí (1865-1936) |
Lucecita la tontuela |
Si vas a Calatayud
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A cuatro leguas de Pinto
y a treinta de Marmo- lejo,
existe un castillo viejo que edificó Chidas-vinto.
Perteneció a un gran señor,
algo feudal y algo bruto.
Se llamaba Sisebuto
y su esposa Leonor
y su hermana Berenguela
y una prima de su abuela
atendía por Mariana.
Y su cuñado Bitelio
y Conrado su sobrino;
por Juan atendía su primo
y su hijo por Rogelio.
Era una noche de invierno,
noche oscura y tenebrosa, noche sombría espantosa,
noche atroz, noche de
infierno,
noche infausta, noche
airada
noche negra de espesura
noche fría, noche helada.
Cabalgando en un corcel,
de color verde botella,
llega al castillo un
doncel;
raudo, como una centella.
Salta el foso, llega al
muro;
la poterna está cerrada.
¡Me ha dado esmico mi
amada! exclama.
¡Vaya un apuro!
De pronto algo que
resbala,
siente sobre su cabeza;
extiende el brazo y
tropieza
con la cuerda de una
escala.
¡Ah! dice con fiero
acento.
¡Ah! repite venturoso.
¡Ah! vuelve a decir
gozoso.
¡Ah! y así… hasta ciento.
Trepa que trepa que trepa,
sube que sube que sube,
en brazos cae de un querube,
la hija del conde, la Pepa.
En lujoso camarín
introduce a su adorado,
y al notar que está mojado
le seca bien con serrín.
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-Lisardo ... mi bien, mi anhelo,
único ser que yo adoro,
el de la nariz de cielo,
¿ di qué sientes, dueño mío?,
¿no sientes nada a mi lado?,
Y él responde: -Siento frío.
-¿Frío has dicho? Eso me espanta.
¿Frío has dicho? eso me inquieta.
No llevarás camiseta
pues toma esa manta.
Se abre una puerta excusada
y, cual terrible huracán,
entra un hombre..., luego un can...,
luego nadie..., luego nada...
-¡Hija infame! -ruge el conde.
¿Qué haces con este señor?
¿Dónde has dejado mi honor?
¿Dónde?, ¿dónde?, ¿dónde?
Luego, sacando un puñal,
de un solo golpe certero
le sepultó el cortante acero
junto a la espina dorsal.
El joven, naturalmente,
se murió como un conejo.
Ella frunció el entrecejo
y enloqueció de repente.
También quedó el conde loco
de resultas del espanto,
y el perro... no llegó a tanto,
pero le faltó muy poco.
Desde aquel día de horror
nada se volvió a saber
ni del conde, ni de su mujer,
de la llamada Leonor,
de su hermana Berenguela,
ni la tía de su abuela
que atendía por Mariana.
Ni de su cuñado Bitelio
ni Conrado su sobrino;
ni de Juan que era su
primo
ni de su hijo por Rogelio.
Y aquí termina la historia:
verídica, interesante, horrenda.
Que de aquel castillo viejo,
entenebrece el recinto,
a cuatro leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo. |
de Emilio el Moro
La llamaban Lucecita
y era en la radio un clamor,
pero nadie a la mocita
su niño reconoció.
Ni suenan las lavadoras
ni hay quien se ponga a coser,
y en cuanto llega la hora
sólo hay llanto a to' meter,
y se limpian los ojos por los visillos,
y hay quien de lagrimones llena un lebrillo.
Lucecita, Lucecita,
Lucecita picaruela,
con su cara de tontita
vende un millón de novelas.
Ella está de criadita
y el señorito camela.
Don Enrique la trae frita
del corral a la cancela.
Pero esta criadita
por Gustavo corre y vuela,
que está loca la mocita
porque tiene Lucecita
más calor que una caldera.
Oculta detrás de un olivo
la niña lo vio llegar,
le dijo esa entraña es mía
y ahora está en maternidad.
Y hablando de sus amores
le daba el amanecer,
y pensaba Lucecita:
"¡Ay, Dios mío, si me ven!"
Y ahora andando que andando bajo la luna
se le caen lagrimones como aceitunas.
Lucecita, Lucecita,
Lucecita la tontuela,
que tienes a media España
sin fregar ni una cazuela.
En cuanto suenan las cuatro
por to'as las casas te cuelas,
y aunque lleguen los ladrones
las mujeres no se enteran.
Por el bosque corre y vuela,
sube y baja la mocita,
y ya está la Lucecita,
y ya está la Lucecita
como Pérez de Tudela.
¡Lucecitaaaaa!
Lucecitaaaaa, que me tiene aquí. |
de
Emilio el Moro
Por ser amiga de mi
tío Paco
yo me enteré de lo que ocurrió.
En juerga se vio la
Dolores
liá como una coliflor.
Una coplita que
andaba en pijama,
pregón de infamia de una mujer.
Y aquel nombre
(Pan pan)
de aquella maña,
(Más pan)
maña se dio pa comer.
La Dolores de la
copla,
me dijo mi padre un día,
fue alegre, hijo mío,
pero fue buena,
pero sin trabajar comía.
Si vas a...
(¡AH!)
Calatayud,
si vas a Calatayud
no preguntes por Dolores,
que una copla la mató
de vergüenza y sofocones.
Ves que te lo
digo yo,
que soy el hijo de la muerta.
Dicen al mozo de
la taberna
cuando en la calle lo ven barrer:
¿Tú sabes su madre quién era?
Yo no.
¡Ay, qué tonta!
Dolores la del cuplé.
Él la quería
como una hermana
más su cariño me estranguló.
Y no supo
limpiar el suelo
porque no tenía esperón.
Coplas que van
dando muerta,
con el alma te maldigo.
Fuiste un dolor de mi madre (¡Ah!),
pero conmigo te equivocas.
Si vas a
Calatayud,
si vuelves a ir a Calatayud
pregunta por la María,
que un tendero la mató
de tanto como le debía.
Ves que te lo
digo yo,
que soy de la raza calé.
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