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El perdón.-
Miró el armario varias veces hasta encontrar la ropa adecuada para aquel
encuentro: algo que, sin ser llamativo, fuera vistoso y juvenil, como
sus veintidós años. Lo que sí sabía era que llevaría cola de caballo, el
peinado que tantas veces él le había dicho que le favorecía, aunque sus
amigas le dijeran que la hacía demasiado niña, y fue precisamente el
peinado lo que la ayudó a decidirse por la ropa: un pantalón pirata
azul, una camisa blanca de seda india y las sandalias color chicle, que
harían juego con el coletero y los labios: la única muestra de
maquillaje que usaba.
No era como otros encuentros, sobre todo porque hacía veintitrés años
que no se citaba con nadie. No recordaba qué se hacía, cómo debía
arreglarse. Pensó que lo mejor era ser natural, pero, ¿cómo era su
‘naturalidad’ actualmente? Había trabajado tanto en los últimos quince
años que se había olvidado de sí misma.
¿Qué opinaría al verla? Tenía que olvidar que era una madre y recordar
cómo era antes, cuando solo era una mujer. Decidió darse una ducha por
ver si el agua y el jabón devolvían a su piel, ya con arrugas, las
olvidadas ansias de la coquetería.
Tres veces hubo de rehacerse el moño, completamente blanco, para
conseguir el resultado deseado. Sabía que él no se fijaría en su
cabello, o no le importaría cómo lo llevara -de la misma forma que a
ella no le importaría con qué atuendo se presentara- pero quería estar
guapa para él, que su aspecto físico mostrara tanta complacencia como su
corazón por aquel encuentro. Por eso eligió bien qué ropa se pondría: el
traje de chaqueta gris
perla, la blusa roja, y los zapatos y el bolso negros.
A las once y media de la noche, la hora exacta en que la voz atiplada
del teléfono había dicho, aterrizó el avión. Una
figura recia, de aspecto cansado pero elegante, se separó un poco del
grupo de viajeros, frunció los ojos hasta que se colocó las gafas y
empezó su búsqueda con mirada inquieta. La hija levantó la mano y empezó
a agitarla con insistencia; la mujer se tapó la boca para ahogar un
grito que ya era llanto; las piernas de la madre flaquearon, pero su
nuera y la barra metálica que les cortaba el paso la sujetaron. Cuando
el hombre estuvo cerca, soltó la maleta, se encogió de hombros y
permaneció así, paralizado, ante las tres mujeres. Tres abrazos lo
acurrucaron hasta que el aeropuerto quedó vacío.
Autora: Victoria Estévez
(ver
Biografía)
Un
cumpleaños inolvidable.-
Una
vez más las niñas estaban solas en casa. El padre y la madre estaban
trabajando.
De
pronto la hermana mayor dijo:-
Hoy es el cumpleaños de mamá.
¡El
cumpleaños de mamá!
Hacía
unos días había visto una amiguita con un regalo en las manos.
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- Es
el cumpleaños de mi madre; había dicho.
La
hermana mayor dijo que tenía que ir a casa de una amiga y se marchó.
La niña
pequeña pensó: ¿Qué podría regalarle a mamá?
La
madre tardaría en llegar; tenía tiempo para buscar algún dinero. Buscó
en todos los cajones de la casa, en todos los rincones pero, no había ni
una sola peseta.
La
desesperación más profunda se apoderó de ella. No podría regalarle nada
a su madre, nada,_nada,_nada.
De
pronto se le ocurrió mirar en sus juguetes. Sus jugue-tes eran una bolsa
de plástico llena de retales y muñecos de trapo hechos por ella misma.
La
bolsa era tan grande que toda ella cabía dentro.
En el
fondo de la bolsa, encontró una perra gorda(*) o, lo que era lo mismo,
dos perras chicas.
Pero,
¿qué podría comprar con una perra: un pastel, un cuento, un tebeo, una
piruleta? Todo costaba al menos una peseta.
Finalmente, en una tienda de carame-los, le dijeron que
un
caramelo costa-ba
una perra chica. Compró dos y cabizbaja regresó a su casa.

La
tarde empezaba a declinar y, durante el trayecto, por rabia y
deses-peración, pensó en comerse los dos caramelos pero, si se los comía
¿qué le regalaría a su madre?
Como
alma en pena, entró en la casa.
Su
madre ya había llegado, se había quitado el delantal sucio y se había
lavado. Olía a gloria.
La niña
la besó y a media voz le dijo:
- ¡Feliz cumpleaños mamá!
Y le
entregó los dos diminutos y ridícu-los caramelos.
- No
tenía más dinero; dijo casi sollozando.
Su
madre se la quedó mirando con una gran sonrisa en la boca; tragando
saliva para no llorar y sus ojos se iluminaron como dos estrellitas.
Luego
sacó de su bolsillo una mone-da de 50 pesetas; el sueldo de todo un día,
y se la puso en la mano ante la mirada asombrada de la hija mayor.
- Ve
a la tienda y compra una caja de bombones. ¡Vamos a celebrar mi
cumpleaños!
La noche ya
había caído y la puerta de la tienda era como un haz luminoso en la oscuridad.
Regresó
con una pequeña caja de bombones y su hermana, su madre y ella
celebraron por primera vez en sus vidas el cumpleaños de su madre.
Los niños olvidan rápido y ya nunca más celebraron allí ningún
cumpleaños pero esa noche, la niña se acostó con una enorme tristeza
atravesándole el pecho.
Tristeza de ver lo pobres que eran, tristeza de no ha-berle podido com-prar a su madre un bello regalo de cumpleaños.
Los
años pasaron y, como ya era costumbre, la hija mayor le dijo a la
pequeña:
-
Mañana es el cumpleaños de mamá.
Las dos
hermanas salieron entonces a la calle, entraron en una joyería y
pidie-ron unos pendientes para su madre.
(*) perra gorda: la centésima parte de una
peseta
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Buscaron los más bellos sin mirar el precio y la menor sacó su tarjeta
visa y pagó el importe sin pestañear.
Luego,
pasaron por una pastelería y encargaron una tarta gigante de chocolate;
el sabor preferido de toda la familia.
Finalmente, para- ron en una choco-latería y compraron una enorme caja de
bombones suizos.
Al día
siguiente, en la casa de sus padres, celebraron el cumpleaños de la
madre y en la mesa no faltó detalle.
Amigos
y familiares fueron llegando con regalos y la madre los recibió con sus
preciosos pendien-tes de oro.
Entonces, una amiga, le preguntó:
-
¿Cuál es el regalo que más te ha gustado?
Y la
madre contestó:
-
Dos diminutos caramelos que me regaló mi hija pequeña cuando cumplí
treinta y seis años.
El viejo.-
Está sentado
frente a mí; lo miro fijamente pero él no me ve.
Está perdido en las numerosas arrugas de sus
manos, en las manchas de vejez, en una diminuta cicatriz que le dejó la
vida. Con el índice sigue su surco y la acaricia insistentemente como
si, al hacerlo, pudiese borrarla.
Va limpio aunque sus ropas tienen el color de
muchas lavadas.
La gabardina que le cubre, de grandes solapas
y cinturón de hebilla, es de buena calidad pero ha cumplido, al igual
que su dueño, muchos, muchos, muchos años y parece desplazada entre
tanta ropa de última moda y diseños novedosos.
Alrededor del cuello lleva un pañuelo de seda
que debió ser azul pero que ahora está ajado y deslucido y demasiado
ligero para la temporada.
Llega una estación y, por un momento, su
mirada se desvía para comprobar que no es la suya.
Busca entonces en el bolsillo lateral de su
gabardina y descubre que tiene dos billetes de metro. Con lentitud,
rebusca en su bolsillo interno. Lleva un estuche abombado y de cuero
cuarteado del cual saca sus gafas.
Son gafas de vista cansada, de vida cansada,
de alma agotada. Al igual que todo en él están gastadas y hasta
remendadas con esparadrapo.
Eleva el billete a la altura de sus ojos y
comprueba que está tachado.
Lentamente, con gestos interminables, se
quita las gafas, dobla las patillas, ajusta las gafas dentro de su funda
y las tapa con la gamuza limpiadora. Las vuelve a colocar en su bolsillo
interno y coloca la solapa desplazada de su gabardina en su lugar, el
cinturón y hasta el pañuelo de seda.
Con desprecio, sacude la falda de la
gabardina como si, con sus movimientos, la hubiese manchado.
Luego mira, minuciosamente, el billete caducado. Lo dobla en dos, luego
en cuatro, lo desdobla, lo enrolla, lo sostiene
entre sus dedos índice y pulgar. Se rasca con él por debajo de la oreja
y, finalmente, suspira.
Levanta la vista y su mirada es una mirada
vacía, desilusionada. Es la mirada del que ya no espera nada de la vida,
ni de la gente. |
Es la
mirada de alguien que ya no busca futuro, que intenta no pensar en
el pasado y se arrastra por el presente.
La mirada de alguien que
renunció a sus ilusiones, que no lucha ni pelea por la vida; es la
mirada del vencido.
La cara del viejito no es la que yo recuerdo. Son otros
gestos, otros ojos pero es la misma mirada.
Aquella última mirada de mi padre que me decía una vez
más, esta vez sin palabras, que se había rendido.
Las_dos hermanas.- Nacie- ron el mismo día pero no eran idénticas.
Una morena; otra rubia. Una de ojos grandes y azules; la otra de ojos
rasgados y negros. Una menuda y delgadita; la otra hermosa y espigada.
Una callada y reservada; la otra parlanchina y risueña.
María y Rosaura, así se llamaban. María era
una sombra; Rosaura una mañana.
A María le gustaba la tranquilidad del hogar
y se sentaba en invierno junto a la chimenea, el gato sobre sus rodillas
y el perro sobre sus pies mientras sostenía un libro en sus manos
blancas y delicadas.
En verano buscaba el frescor del jardín, bajo
la parra, y el aroma de los jazmines la embriagaba.
A Rosaura le gustaba el calor o el frío de la
tierra bajo sus zapatos, los corros de muchachas y mu-chachos cantando y
bailando fandan-gos alrededor del fuego o de la fuente de la plaza. María
la dulce; Rosaura la salada.
Su madre acon-sejaba a Rosaura que debía estar
más tiempo en casa y a María a la
calle la empujaba.
Las dos hermanas se adoraban. María quería a
Rosaura por su alegría y Rosaura a María por su templanza.
Vivían en un bello barrio de la ciudad, junto
a una casona abandonada de la cual todo el mundo decía que estaba
encantada.
De niñas, María se estremecía al mirar sus
ventanas vacías, sus cristales resquebrajados, sus cortinas
deshilachadas que el viento bambo-leaba y Rosaura soñaba con entrar en
ella, con descubrir una a una sus estancias. Pero a pesar de sus
intentos y de los intentos de otros niños, nunca pudo saltar la tapia.
Un
día todo el pueblo supo que alguien había comprado la casa y, como el
ave Fénix la casa resurgió de su decrepitud y se convirtió en una
hermosa casona de
bellos bajorrelieves, columnata y balco-nes con filigranas. Y vino el dueño y se instaló
en ella.
De sus ventanas y balcones abiertos, de donde
ahora se escapaban bellos visillos de encaje fino y se vislumbraban
hermosos cortinajes, empezaron a salir los acordes de un piano que el
dueño acariciaba.
Rosaura ya no salía. Se pasaba el día
espiando cada movimiento, cada sonido que salía de la casa vecina. No
cantaba, no dormía, se atragantaba comiendo y susurraba.
Una mañana,
María y Rosaura cogiditas del brazo salieron a pasear. |
El pianista entra-ba y sus ojos grises se
prenda-ron de ellas. María la sombría, Rosaura la dora-da.
María bajó la
frente y Rosaura floreció como una fruta temprana.
Se saludaron y no sabían si partir o
regresar.
Se presentaron y el cabello negro de María
acarició los dedos finos y alargados del pianista y los rizos de Rosaura
se colgaron de su barba.
El brazo izquierdo para María, el derecho
para Rosaura.
Y los tres juntitos bajaron a la pla-za para
celebrar su encuentro.
María callaba; Rosaura cantaba y él se reía de todo y de
nada.
Rosaura le dijo a María:
- ¡Estoy enamo-rada!
Y bajo sus ojos le nacieron ojeras
oscuras
que
hasta las sienes se le alargaban.
María la
miraba embobada; sor-prendida al des-cubrir una nueva hermana.
El pianista vino a invitarlas y María,
sonriendo, quedó en casa. A Rosau-ra la llevó a museos, fiestas,
conciertos, teatros.
- Me
quiere, me quiere; cantaba Rosaura.
Sus padres reían, María
bailaba y en los
árboles del jardín los pájaros anidaban.
El pianista vino; anunció su llega-da y en su
mano traía un anillo; un anillo de casada que le ofreció a María, María
la serrana.
A Rosaura se le partió el corazón y
el corazón de María veneno des-tiló.
María se rió, rió a carcajadas. Se rió de él,
de su amor, de sus ganas y el anillo rodó de las manos del pianis-ta a
las blancas de Rosaura.
Hubo boda, hubo novia, hubo igle-sia, hubo
banque-te y orquesta. Joyas, pieles, gasas, encajes, sedas y plumas,
incienso y miel.
Rosaura como una diosa, María como una
espada.
El pianista salía y siempre tardaba. Cuando
regresaba olía a traición, rezumaba vengan-za.
Los ojos azules de Rosaura
usaban negras gafas y sus brazos man-gas largas. Ya no reía, ya no
cantaba, del alba al ocaso, vivía plegada. Hasta el jardín donde María
cosía llega-ban sus suspiros y se oían sus lágrimas.
Como una
velita encendida Rosau-ra se apagaba
y como un huracán enorme María se incendiaba. María la negra, Rosaura la
blanca.
Entre rosas y claveles quedó Rosaura y
envuel-ta en crespón negro se quedó la hermana.
Regresó el pianis-ta; no derramó una lágrima y
ofreció a María el anillo de casada.
María lo agarró, lo colocó en su palma, lo
acercó a su pecho, no dijo palabra.
Dormía el pianista en su lujosa ca-ma; una
sonrisa en sus labios, con sus ojos sin lágrimas. En su cuello de hombre
tenía una daga y sobre la almoha-da carmesí, uni-dos con una cinta de
raso, dos anillos de casada. |